Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, mirando pasar a la gente, como tantas veces antes había hecho con él. Ahora, lo hacía solo.

Christian apuntaba con el dedo a una persona al azar y se imaginaba apretando un gatillo imaginario. Bang. Aquella cuenta roja sobre su cabeza se reduciría a cero, pasando de tonos rojizos a violetas, llegando al morado en el breve trayecto de la bala por el aire. Y después, nada. No más números, no más nada. Cero. Vacío. Bang.

Miró el reloj. Las 13:11. Hacía una semana, un día, una hora y once minutos que había visto a Jason por última vez. O, al menos, aquella caja que contenía lo que quedaba de él. Había sido triste y amargo. Pero, por encima de todo aquello, había sido algo solitario.

Se había sentido tan solo allí. Solo sin su amigo. Solo sin nadie a quien contarle lo que le atormentaba. Tenía que haber sido a él. Tenía que habérselo contado a él. Él le habría hecho sentir mejor. Pero ya no. No. Ya no. Ahora no tenía a nadie. Se había quedado solo. Y ni siquiera podía compartir con nadie lo que había sucedido aquel día. Los testigos sólo habían visto a un chico siendo atropellado por un coche y a otro que, en su empeño por retirarle de la trayectoria, había salido disparado con él.

Encendió un cigarro para dejar de pensar. Había empezado a cogerle asco al tabaco, pero le calmaba la ansiedad de una forma que no hacía ninguna otra cosa. Al encenderlo, un pinchazo le sobrevino en el antebrazo izquierdo. Al retirar la manga, vio la herida que había quedado en su piel al caer con Jason en la calzada. “Un recordatorio de la culpa, ¿no?”, pensó, “Vas a estar recordándome lo gilipollas que soy incluso muerto, ¿verdad?” Aspiró la nicotina y la devolvió en forma de nube blanca cuando lo vio llegar.

– Siento llegar tarde -dijo Daniels desde la ventanilla de su coche, el cual había parado a un par de metros de distancia de donde se encontraba Christian-. Vamos, sube.

Christian no se molestó en terminar el cigarro y lo tiro al suelo antes de rodear el coche y subir en el asiento del copiloto. La radio estaba encendida, y sonaba a un volumen muy bajo ‘Little Black Submarines’, de The Black Keys. Christian se sorprendió de  que Daniels escuchase aquella música, pero no dijo nada. El rostro del profesor estaba serio y parecía algo distante, como si por una vez se estuviera guardando aquellas palabras justas para cada momento que siempre tenía en su cabeza.

– ¿Estás mejor? -preguntó Daniels, rompiendo la atmósfera de frío y tensión que se había instalado entre los dos.

– No -respondió Christian-. ¿La ha encontrado?

– Sí.

Daniels se quitó las gafas y miró directamente a Christian, que le devolvió la mirada. El profesor Daniels solía estar siempre preocupado por alguna cosa o por otra, como un caballero de las causas perdidas, pero su cara en aquel momento reflejaba una preocupación distinta, mayor, como una carga pesada que se podía ver en sus ojos, en sus ojeras, en su piel. Parecía tener miedo. El chico no pudo evitar mirar durante un instante a la línea de números que se situaba sobre su cabeza, para después hacer una rápida cuenta y comprobar que todo marchaba según lo normal para ese hombre. No estaba preocupado por él mismo. Estaba preocupado por Christian. Tenía miedo por él.

– ¿Estás seguro?

Christian esperó unos segundos, preguntándose por enésima vez si lo estaba. Y sabía que nunca lo estaría. Pero debía estarlo.

– Lo estoy. Vámonos.

Daniels arrancó y condujo el coche por calles conocidas y desconocidas por Christian. El volumen de la radio se mantenía bajo, lo suficientemente bajo para que ambos pudieran escuchar el chirriar de sus mentes, como uñas arañando una pizarra, como un mecanismo inexorable e implacable que no les dejaba descansar. Tras unos minutos que parecieron interminables, Daniels paró el coche en doble fila, frente a un portal con el número 21 grabado en la piedra sobre la puerta.

El profesor giró la llave y quitó el contacto. La radio dejó de sonar y el silencia se sintió entonces como una pesad y densa niebla que ocupaba el coche. Daniels habló esta vez, pero no le miró.

– ¿De verdad estás seguro de esto, Christian?

Christian calló. No durante un momento, sino durante una pregunta. Pareció no haberla escuchado. Su mirada se mantenía fija en el número de aquel portal.

– ¿Cuál es el piso? -preguntó.

– Tercero. Tercero B -respondió Daniels-. Christian…

– Profesor -le cortó el chico-. Tengo que hacerlo. Tengo que hacer esto. No puedo permitir que… No quiero que más gente muera… Por mí. Por mi culpa.

Su mano accionó el mecanismo de apertura y la puerta chirrió un poco al abrirse.

– Sólo una cosa, Christian -le dijo Daniels, antes de que volviera a cerrar la puerta-. Su apellido es Violet. Diane Violet.

Christian cerró la puerta de un golpe y sintió como su corazón empezaba a latir con la fuerza de un martillo neumático…

“Told my girl I’d be back, operator please, this is wreckin’ my mind…” The Black Keys – Little Black Submarines

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