Allí estaba yo. Casi mes y medio después. Enfrente de su portal. Después de haber llamado al telefonillo y de que me dijera que salía.

Había pasado todo ese tiempo sin una noticia suya. Pero hasta aquel momento, tampoco había hecho nada por tenerla. Ni por darle a ella alguna noticia mía. Pero había llegado un punto en el que no aguantaba más. Me daba igual lo que tuviera que hacer. Aunque fuera algo que nunca había hecho por nadie. Y allí estaba ella.

– ¿Has venido para seguir con tus juegos y tus gilipolleces?

No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que estaba muy cabreada conmigo. Y tampoco para ver sus ojeras y sus ojos hinchados y saber su significado.

– Sé que he sido un gilipollas y…

– ¿Has sido? – me interrumpió-. Eres un gilipollas.

La miré a los ojos. Ella también lo hacía a los míos. Y lo que veía en ellos me hacía sentir mal, me hacía daño. No por el enfado, sino por lo que había detrás de todo. Por lo que ella intentaba esconder detrás de toda esa rabia que sacaba hacia mí. Me hacía daño esa tristeza que no era capaz de esconder.

– Soy un gilipollas… Pero voy a dejar de serlo desde este momento- dije. Ella no cambió su actitud lo más mínimo, era como si creyera mis palabras. No me extrañaba-. Mira, sé que no voy a dejar de ser así de un momento a otro, es verdad. Ni siquiera voy a dejar de ser así con el resto del mundo. Pero sí contigo… Contigo no quiero ser así.

– ¿Por qué?- preguntó, de forma cortante-. ¿Soy una excepción o algo así?

– Porque tú eres especial. Contigo haría todas las excepciones del mundo, en todo.

– ¿Por qué?

Ella quería que lo dijera. Lo sabía. Quería que le demostrase que esto no era ningún juego. Quería que le demostrase que sabía hacer las cosas bien, que iba a dejar de hacer el imbécil con ella, porque en el fondo no quería ser así con ella. Y no me importaba demostrárselo. No iba a volver a dejarla marchar. Ya no.

– Porque te quiero. Te quiero muchísimo. Y no me importa decírtelo las veces que haga falta.

Ella cerró los ojos, quedándose en el sitio. Las lágrimas empezaron a caer de sus ojos, llorando en silencio. No lo dudé un momento. Me acerqué a ella y la abracé. Tuve miedo de que ella no quisiera, pero me devolvió el abrazo con más fuerza aún.

Pasaron unos minutos que me parecieron horas, abrazados, sin que ninguno de los dos dijera nada. Ella dejó de llorar y yo dejé de sentir esa angustia en el pecho que me provocaba el verla así por mi culpa.

– Sigues siendo un gilipollas- me dijo, separándose un poco de mí. Me sorprendí-. ¿No piensas besarme ni aunque llore en tu hombro…?

Ella juntó sus labios con los míos y no pude evitar sonreír. Ahora era ella la que jugaba conmigo. Pero era diferente. A mí me gustaba su juego.

– Tenías que haberme mandado a la mierda cuando tenías razones para ello…- le susurré en el oído. Ella se volvió hacia mí, clavando sus ojos grandes en los míos mientras yo sonreía-… porque ya no pienso darte razones para que pienses en volver a hacerlo.

La acerqué a mí y miré esos ojos que hacían sentir una corriente en la espalda. Ya no veía esa tristeza. Veía algo mucho mejor. Algo que ella también veía ahora en mis ojos. Algo que yo no era capaz de seguir escondiendo. Y que, aunque hubiera sido capaz, no quería esconder. Ella sonreía.

– ¿Crees que decirle a un chico que le quiero es una buena forma de hacer que se quede aquí conmigo?- preguntó.

– ¿Vas a decirme que me quieres?

Ella sonrió como nunca antes.

– ¿Yo? Mírame. Sé ver cuáles son mis posibilidades…

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