– Eres un gilipollas.

– Pero me quieres.

Ella me miró a los ojos. Pero no como siempre.

Había sido ella quien había querido que nos viéramos después de todo lo que había pasado. La última vez que la vi, pareció no bastarle que le dijera que la quería, porque se volvió derecha a su casa. Y yo no la paré. Dejé que se marchase, mirando como cruzaba la puerta de su portal y desaparecía de mi vista. No lo entendí, pero algo en mí me dijo que era lo más normal del mundo.

– Joder, ¿quieres dejarte de juegos de una vez?- me dijo, completamente enfadada-. Eres un gilipollas y punto. Por mucho que piense de ti. Es lo que más dejas ver, lo único que dejas ver- añadió, poniendo énfasis en la palabra “único”.

Me quedé sin palabras. Pocas veces me quedaba sin algo que decir, aunque fuera algo que empeorase las cosas. No había nada en mi cabeza que pudiera decir con algún sentido.

– Creo que voy a irme. Y tú deberías hacerlo también. Deberíamos dejar todo esto, no tiene ningún sentido seguir… ¿O sí?- preguntó ella, mirándome directamente con aquellos ojos que eran mi debilidad.

Yo sabía perfectamente por qué había dicho aquello. Sabía que en realidad ella no quería irse, que no quería que me fuera. Sabía que lo que en realidad quería era que le diera una razón para demostrarle que esto sí que tenía sentido para mí. Y la había. No una razón, sino bastantes más. O, al menos, eso era lo que me decía aquella presión en el pecho. Pero no me gustaba que estuviera haciendo esto. Ella estaba jugando a mi juego, al que yo había estado jugando con ella durante todo ese tiempo. Y eso… Me importaba demasiado. Tanto que fue lo que más repercutió en mí. Y seguí jugando.

– Si te vas, no pienses verme más.

Ella abrió los ojos, sorprendida y yo le mantuve la mirada hasta el último momento. Hasta que se levantó y se marchó sin decir una sola palabra más. Yo había jugado mis cartas, intentando que ella reculara. Pero me di cuenta de que ella hacía mucho que no estaba jugando… Demasiado tarde. La presión en el pecho se volvió peor… Y diferente. Ella dobló la esquina y se fue del todo. Y algo en mí me decía que me iba a doler mucho si ella no pensara ya en verme más.

– Joder. Soy gilipollas…

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