– ¿Qué es lo que quieres ahora?

– Quiero… Quiero que me hables… Y que me mires como antes.

Hacía casi un mes que apenas nos veíamos. Sólo una única vez, ni siquiera diez minutos en los que ella no me miró a los ojos. En los que ella esperaba algo y yo no dije absolutamente nada.

– Puede que no te hayas preguntado qué es lo que quiero yo- dijo ella.

A pesar de que estaba enfadada, su tono de voz era normal, suave y bajo. No hablaba a gritos como hubiera hecho cualquier otra persona. A pesar de todo lo que había pasado, ella no quería gritarme. Pero no me miraba. Y eso me dolía más que nada. Me encantaba ver sus ojos cuando los clavaba en los míos. No creo que ella sintiera lo mismo mirando a los míos, pero para mí era una sensación… Que no podía comparar con ninguna otra cosa. Era un cosquilleo, un escalofrío.

– ¿Y qué es lo que tú quieres?- pregunté.

Ella no se volvió para responderme. Se lo pensó durante unos segundos. Yo la miraba. Tenía miedo de lo que dijera. Tenía miedo de que ella quisiera algo que yo no podía darle, que no quisiera darle…

– Quiero que me enseñes como eres ahí dentro…- dijo. Y me miró. Y en aquel momento, me pilló totalmente indefenso. El escalofrío se convirtió en una descarga eléctrica que hizo que se me pusiera la carne de gallina. Estaba jugando conmigo.

– No.

Fue lo único que pude contestar. Ni siquiera era lo que pensaba, ni lo que sentía. Lo dije, sin más.

– No puedo hacerlo- expliqué-. Soy así. Y no hay más. Pero…

No me dejó terminar de hablar. Se dio la vuelta y comenzó a andar. Por un momento, mis pies se quedaron clavados en el suelo, mientras algo dentro de mí sí que corría detrás de ella. Me lancé.

– Espera… – la llamé, mientras la alcanzaba-. Espera… ¿Recuerdas el día que nos conocimos?

Ella me miró, extrañada, sin saber a qué venía aquello.

– ¿Crees que decirle lo que siento a una chica es un buen método para que se quede aquí?

– ¿Vas a decirme lo que sientes?- me preguntó.

– ¿Me estás viendo? Sé cuáles son mis posibilidades.

Ella hizo un ligero movimiento para irse de nuevo, pero me moví para que volviera a estar frente a mí. Ella miraba hacia otro lado, claramente enfadada.

– ¿De verdad quieres que te diga lo que tengo dentro? Necesito que me mires a los ojos.

No se movió ni un centímetro. Algo en mi orgullo me decía que me fuera, que ahí se acababa el juego, que ella no había querido seguirlo, que volviera a casa. Pero no… Fui yo el que me moví. El que puso su cara frente a la de ella y clavo sus ojos rojos en aquellos ojos grandes y brillantes.

– Mírame… Te quiero. Eso es lo que tengo dentro…

 

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