– En el fondo eres un blando, aunque vayas de duro y de que no te importa nada por la vida.

– Me has pillado.

Y de verdad me había pillado. Y ella lo sabía. Lo sabía desde hacía un mes al menos. Si no, ¿por qué iba a estar allí, al lado de su cama, sentado en la silla de su escritorio mientras ella estaba mala? Porque me importaba.

– ¿De verdad crees que soy un blando a pesar de todo?- pregunté.

– Eso me parece- respondió, mirándome directamente a los ojos, como si quisiera meterse dentro de mí para descubrirlo. Pero aún no quitaría esa barrera. No lo vería en mis ojos todavía-. No vas a decírmelo nunca, lo sé, pero es lo que creo.

– ¿Y tú? ¿Tú como eres? ¿Cómo es una chica que está con alguien como yo?

– Como ves. No hay nada que esconder- entonces fui yo el que la miró a los ojos, queriendo indagar si había algo más ahí dentro. Pero ella decía la verdad. Aquellos ojos brillantes decían la verdad-. No soy como tú.

Aquella última frase me pilló desprevenido. Normalmente era yo quien lanzaba esas frases traicioneras y ahora no sabía como tomármelo. “No soy como tú”. Claro que no era como yo. Ella había ido de frente siempre, ¿y yo? En realidad ella tenía razón, aunque me jodiera. Y me jodía y mucho. Aquello me hirió el orgullo a pesar de que ella no lo hacía con malicia.

– Pues si así es como eres… Supongo que me acabaría aburriendo de ti- le dije, sin cambiar un ápice mi actitud ni mi mirada.

Pero la suya sí que cambió. Me miró con una mezcla de sorpresa, ira y decepción. Sabía que le había herido el orgullo simplemente para subir el mío propio. Había sido cruel, y empezaba a sentirme culpable. Una culpabilidad que no había sentido de aquella forma nunca.

– Así que te aburriría, ¿no?- contestó, indignada.

– Bueno… No creo que te diera tiempo- a pesar de todo, tenía que intentar arreglarlo. O eso era lo que me decía algo dentro de mí-. No creo que una chica como tú pudiera aguantar mucho tiempo a un gilipollas como yo.

Pero ella no respondió. Simplemente se dio la vuelta en la cama y me dio la espalda. No era la mejor manera que había para arreglar las cosas, pero era la única que se me había ocurrido. Sabía que había llegado el momento de irme de su casa. Cuando me levanté y me fui, ella no se volvió para clavar sus ojos brillantes en mi espalda. Y me jodió más que nada en mi vida. Y no era el orgullo, era algo más. “Quizás sea verdad que soy un blando, al fin y al cabo”, me dije. Y también pensé: “Puede que también sea verdad que una chica como ella no aguante mucho tiempo a un gilipollas como yo”.

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