– ¿Te sigo pareciendo igual de interesante que el otro día?- pregunté.

Estábamos sentados en el césped, uno al lado del otro, mirando hacia delante. Ella reaccionó con sorpresa ante la pregunta y me miró extrañada.

– Sí, me lo pareces. ¿Por qué no tendrías que parecérmelo?

– Hace dos meses que me dejó mi novia… Tengo insomnio… Ansiedad. Y muchos días de mi vida no quiero ver ni hablar a nadie.

– ¿Y por qué me dices esto?- preguntó ella, sin apartar sus ojos de mí-. ¿Acaso quieres que te diga que no me pareces interesante y que me vaya?

Jugueteé con la hierba, arrancando unas briznas antes de contestar, dándole vueltas a mi respuesta.

– Te lo digo porque me gustaría que te quedases sabiendo como soy.

– ¿Y crees que diciéndome todo eso voy a quedarme?

Sonreí levemente y la miré a los ojos.

– Creo que diciéndote eso tienes más ganas de quedarte.

Ella se sonrojó un poco y bajó la mirada. Acerqué mi cabeza a la suya y la levanté para que me mirase a los ojos.

– Es igual que decirte que hoy no voy a darte un solo beso- le dije, y acerqué aún más mi boca a la suya, con los labios casi rozándose-. Puede que antes no hayas pensado en ello, pero ahora tienes más ganas que nunca de ello.

Ella cerró los ojos y separó los labios, esperando que terminase de acercarme a ella totalmente. Pero, en su lugar, sonreí y me separé un poco. Ella abrió los ojos y me miró, sin separarse de mí.

– Eres un cabrón- dijo, mientras sonreía.

– Pero vas a quedarte aún sabiendo que lo soy- sonreí antes de que sus labios se encontrasen con los míos.

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