– Aghhhhhh.

Christian salió de clase, golpeándose la cabeza con la palma de la mano por pura rabia y frustración. Era el tercer examen seguido que había suspendido y no le hacía ninguna gracia. Más por el hecho personal que por las sucesivas charlas de padres y profesores, en particular las de Daniels, que se sucedían cada vez con más asiduidad.

Había intentado concentrarse. Había intentado refugiarse en los textos de los libros para alejarse de todo aquello que rondaba su cabeza, de aquella especie de pesadilla que se volvía cada día una realidad agobiante que ocupaba cada rincón de su cabeza. Sobre todo por Diane… Desde su segundo encuentro, se habían vuelto a ver dos veces, y cada vez sentía más la necesidad de verla en una nueva ocasión. El problema era que empezaba a sentir algo especial por aquella chica pálida y débil. Aunque el verdadero problema era que no sabía si aquellas ganas de verla se debían a ese sentimiento o a la emoción que le había creado ver los números danzando continuamente arriba y abajo sobre su cabeza. Aquel día, ella esperaba en la salida del recinto cuando Christian apareció con su humor de perros.

– Hola, Christian- su sonrisa se había vuelto algo especial y le confería un aspecto totalmente diferente. Parecía menos débil y más alegre.

Christian se acercó a ella. Sin pensarlo, como había hecho siempre, sonrió, la miró a los ojos y dirigió una fugaz mirada a las cifras bailarinas de Diane. Entonces, sin decir nada más, ella se lanzó a sus brazos y lo abrazó con cuidado. Una corriente sacudió todo el cuerpo de Christian, que estuvo a punto de perder el equilibrio. Notó como los delgados labios de Diane estaban a punto de rozar su mejilla y entonces… se apartó.

Notaba que algo iba diferente. Sentía una presión enorme en las sienes y un nudo en la garganta que no le permitía respirar. Se dobló sobre sí mismo y tosió, sintiendo náuseas. La cabeza le daba vueltas y estaba a punto de estallar. Respiró profundamente varias veces y entonces, levantó la mirada.

Diane lo miraba, extrañada y preocupada. Sobre su cabeza, los números que Christian veía adquirieron un tono rojizo, dejando atrás aquel color violeta que tenían antes. Pero lo extraño de aquello era que los números se difuminaban y parpadeaban ante él. Se frotó los ojos, temiendo que todo aquello se debiera a algún tipo de indigestión, jaqueca o intoxicación, pero el resto lo veía totalmente nítido. Sin embargo, los números… estaban borrosos… Los números…

– ¡Stevens! Venga ahora mismo a mi despacho.

Aquella orden, que sólo hubiera esperado del viejo y amargado Claxton, provenía del profesor Daniels, que lo miraba con el ceño fruncido.

– Profesor Daniels, no es el mejor momento para…

Bastó un “¡Ahora!” para acallar cualquier réplica de Christian. El chico se escusó con Diane, que parecía confusa, y siguió al profesor hasta su despacho.

– Deja a esa chica en paz, Christian. Antes de que la hagas daño.

El tono de voz del profesor Daniels había bajado de volumen, pero la seriedad seguía impresa en él. Christian se extrañó al oírle hablar de Diane.

– No es usted quién para meterse en esos asunt…

– ¡Déjala en paz, Christian! ¡No hagas esto más difícil!

– ¿Difícil?- estalló el chico-. ¡No tiene ni puñetera idea de lo que es difícil! ¡No tiene ni puñetera idea de lo que hay ahora mismo en mi cabeza, así que no intente sus gilipolleces éticas conmigo!

– Te entiendo más de lo que crees, Christian, escúchame…

– ¡No, no me entiende, para nada! Usted no sabe que es lo que siento, lo difícil que se me hace todo viendo lo que… Es usted un imbécil y un hipócrita.

Se cayó antes de terminar la frase. Daniels lo miró, esperando a que terminase, pero no lo hizo. La rabia hacia que sintiera como le latía la cabeza hasta el punto de que los latidos golpeaban dentro de su cráneo. Entonces, Christian cogió el pomo de la puerta para marcharse de allí, pero el profesor Daniels se lo impidió y le volvió hacia él, mirándole con rabia.

– ¿Crees que no te entiendo?- preguntó Daniels con furia. Christian apartó la mirada-. ¡Mírame! ¡Christian, mírame!- el muchacho subió la cabeza y lo miró-. ¿Piensas que no sé qué es lo que sientes? Entonces, dime lo que ves aquí… ¿Ceros, unos, sietes?

Daniels se señaló la cabeza, pero no directamente, si no unos centímetros por encima de ella. Christian se quedó congelado, sin aliento, sin parpadear una sola vez, mirando los ojos de Daniels detrás de los cristales de sus gafas.

– Dime, ¿sigues creyendo que no sé lo que tienes en la cabeza?

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