Kate se levantó de la cama, semidesnuda, con una de mis camisetas viejas cubriéndola hasta los muslos. Su pelo estaba alborotado y se despertó en mitad de la noche, mientras yo estaba sentado frente al escritorio. Había sido una noche larga.

– ¿Kate? ¿Kate Lawrence?

– ¡Oh, eres tú! Ya pensaba que no llamarías.

Kate andaba aún cerca de la editorial, por lo que se ofreció a ser ella la que se desplazase a algún lugar cerca de mi casa. Por lo visto, conocía bien la zona y terminamos tomando café (café yo, ella un té con leche) en uno de los bares que no habían cerrado aún a aquellas horas, uno de esos en los que puedes a tres personas en su interior si tienes suerte, sea la hora que sea. Si he de ser sincero, tengo que decir que estaba preciosa. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta idéntica a la que llevaba la otra vez, las mismas gafas y el mismo abrigo. Creo que aquel día la vi preciosa porque no llevaba ningún tipo de maquillaje que intentase esconder sus detalles. Era irónico que al lado contrario de la mesa un tipo como yo, con los ojos rojos, ojeras y la cara de alguien que nunca tiene humor para sonreír, estuviera compartiendo una conversación con ella.

– Sé que estuviste trabajando para mi padre en la editorial- dijo, iniciando una conversación a la que ninguno de los dos había dado pie-. Algunos decían allí que eras un buen escritor.

– ¿Ese es tu interés en mí?

Su cara lo dijo todo. Fui seco, cortante y descortés, pero ni pude ni quise reprimirlo. Desde que supe que era hija de Thomas Lawrence, hubo algo en mí que la repugnó al momento. Por suerte, no sé si para mí o para ella, había otras cosas en su actitud que remediaban esa mancha que llevaba su apellido. Tras varios minutos sin abrir la boca, la pedí perdón, pero ella simplemente retomó la conversación como si nada. Posiblemente, ella mejor que nadie sabría que su padre era un cabrón de mucho cuidado.

– La verdad es que en parte sí que era ese mi interés… en un primer momento- reconoció-. Me interesó que alguien de quien decían que era un buen escritor trabajase traduciendo folletos en la editorial. Pero, en un segundo momento… bueno… no se como explicarte…

Apartó la mirada y se recolocó las gafas que ya estaban bien colocadas sobre su nariz. Noté un ligero rubor en su rostro. Michelle se ruborizaba de una manera muy similar a aquella. Ella apartaba la mirada y se colocaba el cabello tras su oreja izquierda. Siempre sobre la izquierda. Pero hacía tanto tiempo que no lo hacía que ya me parecía un recuerdo antiguo, tan lejano como aquellos que todo el mundo tiene sobre su primera visita al zoo o sobre la fiesta de su octavo cumpleaños. En aquel momento, Kate se me antojó tan deseable en el presente, con ese leve rubor y su actitud avergonzada, que sentí el deseo de besarla sin ningún remordimiento. Y éso es lo que hice.

Cuando llegamos a casa, Kate había perdido la vergüenza. No volvimos a besarnos hasta que cruzamos el umbral de la puerta, y ni siquiera encendimos las luces. Ella expresaba una pasión tímida y yo… Yo simplemente deseaba llenar con ella el hueco que se había hecho en mí, el hueco que alguien había dejado días atrás al vestirse y marcharse dejando su olor por toda la casa. Y ahora aparecía Kate que se me antojaba tan… parecida. Sé que no era Michelle… pero no sabía si quería hacer el amor con ella porque me recordase a ella… La besé en la oscuridad de mi casa, que ya no olía a nada.

“Bienvenidos a insomia.

Son las 4:03 de la mañana. Estoy cansado y confuso. La cabeza me duele como hacía mucho tiempo que no me dolía. Kate se ha levantado de la cama, de mi cama, de la que antes era nuestra cama. Me recuerda tanto… y la vez es tan diferente… Ella es Michelle hace mucho tiempo, pero no es Michelle hace una semana. No sé a que Michelle necesito, ni si necesito a Kate. Esta noche he aceptado lo único que ella me ha ofrecido, lo único que de verdad podía hacer esta noche para aliviar mi angustia. Me he fumado su último cigarrillo. No me ha ofrecido hacer el amor. Sabía que no lo habría hecho con ella. Ahora también soy un cabrón con Kate. Empiezo a entender porqué esta casa ya no huele a nada. Kate está terminando de vestirse para marcharse. Me ha pedido que escriba un libro, quiere ver si es verdad lo que decían por ahí. Es una buena persona. Al parecer voy a tener mucho tiempo para escribir. La noche es larga para una persona que no puede dormir. Y la tristeza es la mayor de las inspiraciones. Apenas he podido darle dos caladas al cigarro y ya está apagado en el cenicero del escritorio. Necesito otra cosa que me llene dentro. Estoy pensando en la Michelle de antes, la de los recuerdos lejanos. Kate no es como ella. Prefiero el recuerdo lejano de Michelle que lo que Kate puede parecer en el presente. Pero me gustaría tener a Michelle en el presente… levantándose de la cama con una de mis camisetas viejas… mientras yo estoy sentado frente al escritorio…

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