– Mire, profesor Daniels, ni yo quiero perder el tiempo hablando con usted ni usted quiere perder el tiempo hablando conmigo, no nos engañemos.

El despacho de Edward Daniels habría sido acogedor para cualquier alumno, menos para Christian. Realmente no tendría que estar allí. Claxton le había mandado fuera de su clase por enésima vez durante aquel curso después de reírse en su cara pero, cuando iba a salir del edificio, Daniels se cruzó en su camino y lo llevó directo hacia allí.

– Para mí no supone pérdida de tiempo alguna, Christian- dijo Daniels, esbozando una sonrisa sincera-. Sólo quiero que te sientas cómodo y me digas qué es lo que te incomoda tanto de este sitio. ¿Es ese chupatintas de Claxton? Entendería que te sintieras mal en una clase tan aburrida como la suya, pero tus notas eran bastante mejores un par de semanas atrás y ahora te escapas de aquí en cuanto tienes oportunidad. ¿Tienes problemas en casa?

– ¡Já!

Lo que que en realidad había querido decir era: “Ya me gustaría ver como te las apañabas teniendo que ver los segundos de vida que les quedan a las personas con las que te cruzas. ¡Ah! Sin añadir el hecho de que el maldito cabrón del vejestorio de Claxton te dejé en ridículo delante de todo el mundo sin poder hacer absolutamente nada. Es todo tan fácil…” Pero, en cambio, sólo dijo: ¡Já!

El profesor Daniels no insistió en el asunto, pero cogió una de sus pequeños cuadernos de tapa de cuero negro y, después de colocarse las gafas, apuntó algunas palabras antes de despachar a Christian con una sonrisa y un: “Sabes que puedes venir a hablar conmigo cuando quieras.”

La realidad era que las dos últimas semanas habían sido duras, demasiado duras. En clase había perdido totalmente la atención y el interés, en la calle no hacía más que vagar como un loco, evitando la gente o metiéndose dentro de grandes multitudes en las que no podía distinguir las cifras de unos u otros. Incluso en casa, donde su madre ya empezaba a preocuparse de que no estuvieran en la misma habitación durante más de dos minutos en los que Christian no levantaba la mirada del suelo. Pero lo que de verdad había hecho que su mente estuviera en otro sitio era ella. Aquella chica con la que se había encontrado dos semanas atrás.

– Llevo esperando casi media hora a que salieras- dijo Jason cuando salió, riéndose, sin quitarse el cigarro de la boca-. Ese capullo de Daniels te ha cogido por banda eh, ja ja. Vaya pringado estás hecho.

– Que te jodan- Christian le arrancó el cigarro de la boca, quemándose sin querer un dedo, y lo tiró al suelo-.

Dejó atrás a Jason, justo cuando el resto del instituto salía de las clases, y se puso los cascos. Se los había dejado encendidos y estaba sonando Livin’ on a prayer, de Bon Jovi, pero en ese momento le pareció una canción horrible, como todo. Horrible y poco importante. Sólo tenía una cosa en mente: encontrarla. Había estado buscándola por todas partes. En un principio deseó que no estuviera en su instituto, pero después se dio cuenta de que todo hubiera sido mucho más fácil. Había llegado a salir tardes enteras bajo la eterna lluvia de Londres para intentar encontrarla, pero no hubo suerte. Hasta entonces. Justo cuando subió la mirada después de apagar su reproductor de música. Allí estaba. Ella le estaba mirando. Sonrió. Y ni siquiera entonces se dio cuenta de que su mirada se dirigió a sus ojos y no a los números que, sobre su cabeza, se volvían locos una y otra vez, subiendo y bajando entre tonalidades rojizas y violáceas. Y entonces recordó como le había dicho que se llamaba.

– …Hola, Diane…

“…He’s down on his luck… It’s tough, It’s tough…”

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