“Bienvenidos a Insomnia.

Es alguna hora entre las 10 de la noche y las 11, pero no sé cuál exactamente. Hace dos días que no sé nada de Michelle. Creo que el mensaje que lleva en el contestador dos días es de Michelle, pero no me he atrevido a escucharlo a pesar de que creo que es lo único que quiero y necesito ahora. Ya no noto su olor en esta casa. Y no sé si me duele más tener su perfume sin tenerla a ella o no tener su olor siquiera. Sin él, parece que nunca hubiera existido, pero aún están aquí algunas de sus cosas. Hace dos días que no he probado un cigarro, y me produce una angustia similar a una pérdida importante. Quizás sea el mejor momento de dejarlo, el momento de una pérdida. Puede que una angustia se lleve la otra, aunque no sé cuál se llevará a cuál. De momento sé quién es más fuerte. También hace dos días que no sé nada de Kate Lawrence, aquella chica de la estación de trenes a la que invité a un café. La hija del asqueroso Thomas Lawrence. De mi asqueroso ex-jefe Thomas Lawrence. Soy escritor, como ya he contado aquí infinitas veces, pero ese necio de Lawrence me había tenido traduciendo folletos e insípidos boletines durante el último año. Hasta que hace dos meses decidí no volver al trabajo, así de fácil. Ahora que lo pienso, nunca supe cuál era la opinión de Michelle sobre mi marcha de la editorial. Tampoco se lo pregunté. Y ahora no sé siquiera si me importa. ¿Te fuiste por eso, Michelle? Podía haberse marchado mucho antes, pero no lo hizo. Quiso quedarse y dejar su perfume, su sabor en mis labios. Quiso levantarse desnuda de la cama después de hacer el amor hasta el último momento. Y yo aún quiero verla calzarse las botas después de hacer el amor. Creo que hoy va a ser una noche muy larga… Estás empezando a ganarme, Michelle… Empiezas a hacer que te espere, mirando en la ventana… Sin saber si deseo que aparezcas…”

Apagué la pantalla del ordenador y cogí el trozo de cartón que había sobre la mesa. Marqué.

– ¿Sí?

– ¿Kate? ¿Kate Lawrence?

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