– Perdona… Es la última estación.

Alguien me palmeaba con suavidad el hombro cuando abrí los ojos y volví a ser consciente de que me encontraba en el vagón de aquel tren. Los ojos azules de una mujer joven me miraban tras los cristales de unas gafas de pasta rectangulares, de las que adornan más que corrigen.

– Es la última estación- repitió, esbozando una media sonrisa-. Estabas dormido y suponía que… bueno, que bajarías.

Me levanté del asiento y salí, detrás de ella. El andén estaba vacío y ella comenzó a caminar hacia la salida con lentitud, hasta que estuvimos a la misma altura. Su cabello castaño, recogido en una coleta se balanceó cuando giró la cabeza para mirarme. Aquella chica iba embutida en un abrigo marrón que la cubría hasta las rodillas y llevaba consigo una carpeta vieja a punto de estallar que sujetaba con un brazo.

– Gracias- dije, al recordar que no las había dado aún. Ella sonrió. Se hizo el silencio-. Puedo invitarte a un…- pensé en la hora que sería entonces-. ¿café? Si no tienes demasiada prisa.

A pesar de mi tono totalmente indiferente y de que esperaba que rechazase mi invitación, aceptó. Noté que me escocían los ojos cuando nos sentamos en una mesa del primer antro que encontramos al salir de la estación. Un camarero ceñudo nos tomó el pedido y lo trajo con prisa. Era extraño, pero había algo en aquella chica que me llamaba fuertemente la atención. Quizás su pelo, o su abrigo largo, o que hubiera aceptado mi invitación sin dudarlo, o aquella forma de mirarme tan propia de… No importaba demasiado. Pero era extraño que una muchacha como ella se hubiera sentado en la misma mesa que un tipo con ojeras crónicas, barba de tres días y cara de pocos amigos.

– ¿Fumas?- preguntó ella, ofreciéndome un cigarrillo.

Lo cogí y ella se colocó otro entre los labios y lo encendió, para después poner el mechero frente a mi cara y encender el mío. Su cara se me antojó juvenil pero atractiva, sus ojos mirándome y el humo saliendo de su boca de aquella forma tan sugerente. Aparté la mirada de ella y di una calada. Aquél era el último cigarro que me fumaría.

– ¿Y qué hace una chica joven como tú en un antro, tomándose un café con un completo desconocido a estas horas de la madrugada?- al final, no pude evitar preguntarlo.

– Aceptar una invitación después de un largo día de trabajo- contestó con sencillez. Extendió la mano-. Mi nombre es Kate.

Estreché su mano suave. Aquella chica me miraba a través de las gafas con un extraño interés, como si me conociera de algo. A pesar de que no podía sacarla más de dos o tres años, parecía haber entre los dos una diferencia atroz en la que yo parecía un viejo amargado y ella una juvenil chiquilla. Apuré el cigarro y lo apagué contra un cenicero. Pasaron varios minutos de silencio, en los que se oía nada más que el choque de los vasos contra alguna de las mesas semivacías y semialumbradas del local. Kate echó un vistazo a su reloj y se levantó.

– Me marcho- anunció. Acto seguido, sacó de su bolsillo una tarjeta y la dejo en la mesa-. Puede que algún día te apetezca tomar… un café a las dos de la mañana.

Salió de aquel antro. Lo último que vi fue su abrigo marrón alejándose tras el cristal de la puerta. Entonces, sonó mi teléfono móvil. Dos llamadas perdidas de Michelle… Parece que tenía planeado joderme el día desde el principio. ¿Qué es lo que quieres, Michelle? ¿Te largas sin decir nada y ahora me persigues? La rabia me sentó como un pinchazo en la sien. Migraña. Tenía que ir a cualquier sitio, al que fuera, caminar hacia ningún lugar. La imagen de Kate se me apareció en mi mente. Quizás debería llamarla algún día. Cogí la tarjeta: “Kate Lawrence, Editorial Lawrence”. No me jodas. Ya entendía esa puta mirada y ese interés sucio.

Guardé la tarjeta en un bolsillo de la chaqueta. El teléfono volvió a sonar. Ni siquiera miré quién era. Lo dejé en la mesa y me largué de aquel sitio. Ahora me dolía casi todo, pero mucho más la falta de algo que había dejado un hueco enorme en mi interior. Seguramente eso significaba que empezaba a necesitar nicotina…

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