Quité la mano del cenicero cuando el último cigarro se consumió y el humo subió al techo, escapándoseme entre los dedos. Michelle se había marchado dos días atrás. Ni una llamada. Ni suya, ni mía. Llegaría el día en el que quisiera venir a recoger sus cosas o, al menos, eso es lo que esperaba. Y es lo que me mantenía con la esperanza de volver a verla.

Había supuesto que no me costaría olvidarla, pero ahora no estaba tan seguro. Ella llevaba dos días en cualquier sitio que no fuera esta casa. Yo llevaba dos días en esta casa, sin estar en cualquier sitio que no me recordase a ella. Apenas había dormido unas horas, lo suficiente como para decidir que aquél era el último cigarro que fumaría en mi vida y que ella quizás me importase lo suficiente como para no poder o querer olvidarla. Me jodía tener que oler su ropa y desearla. Me jodía desearla y que no estuviera allí. Me jodía que se hubiera ido y no poder dejar de pensar en ella.

Apagué la pantalla del ordenador. El blog seguía como siempre: lleno de lo más profundo de mis pensamientos y sin un sólo lector. Quizás sea verdad aquello que dicen de que lo que de verdad sientes no lo sabe nadie, ya que dudo mucho que alguien alguna vez lea todo lo que han escrito mis dedos guiados por todo lo que llevaba dentro en esos momentos. Ni siquier ELLA.

Salí de la habitación y me calcé las botas, me puse la chupa de cuero que Michelle me regaló el año pasado y, tras notar las llaves en uno de sus bolsillos, salí a la calle dando un portazo para cerrar la puerta. Nadie iba a quejarse dentro, eso por descontado. En la calle hacía frío. Debían ser las 11 de la noche o algo así, realmente no me importaba, pero era suficientemente pronto como para comprar un billete de tren a cualquier sitio. No estaba preparado para quedarme en casa. Ni para que pasara un día más y pasase de extrañar su presencia a echarla de menos hasta que la imaginase en otro lugar, en otras manos y me jodiera más que aquel día que estuve dos días en el hospital por la paliza que me pegaron unos cabrones. Y tampoco estaba preparado para que se me cruzase en la calle en aquel momento.

Michelle advirtió mi presencia en cuanto crucé la esquina y estuvimos a medio metro de distancia el uno del otro. Por suerte, no hubo tiempo suficiente para que ninguno de los dos reaccionásemos. No sé que es lo que hizo ella, pero sé que no dijo nada. Cerré los ojos y seguí caminando hacia delante, preguntándome si lo que acababa de ver era un efecto secundario del maldito insomnio. Lo que sin duda era real eran los 170 golpes por minuto que el corazón daba en mis costillas. Estaba a punto de vomitar. Necesitaba un cigarrillo.

Cogí el tren media hora después, a esas horas en las que en el andén sólo quedan borrachos y gente como yo, solos y buscando huir. En el vagón en el que viajaba no había más que unas pocas personas que dormían o leían con unos cascos puestos. Puse la cara entre los brazos y suspiré. Jodida nicotina. Jodida Michelle. Daría lo que fuera por un pitillo. Daría lo que fuera por…

Sonó algo en mi bolsillo. No recordaba que había dejado el móvil en el bolsillo del pantalón. Un mensaje de Michelle: “He recogido algunas de mis cosas. No sabía que tenías tanta prisa por irte, te hubiera avisado”. No supe que sentir. Me dolían los ojos, la cabeza y algo dentro que no podía distinguir, algo que no me había dolido nunca antes de conocer a Michelle. Bostecé y la garganta pareció desgarrarse. Era incomprensible que estuviera horas despierto sin nada en la cabeza y ahora que los pensamientos me dolían y me inundaban deseaba dormir.

Así que no había sido una ilusión de mi cabeza. ¿Qué estarás haciendo ahora, Michelle? ¿Habrás sentido mi olor al entrar en casa? ¿Te habrás preguntado si no estabas mejora allí? ¿Si merece la pena estar con un tipo como yo en esa casa, en la que era TU casa? Estoy seguro. No había sido una ilusión de mi cabeza, pero el rostro que me imagino frente a mí antes de cerrar los ojos, mirándome con indiferencia sí que lo es… Hasta mañana imagen de Michelle. Hasta mañana Insomnia.

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