Madrid. 21-2-09.

El reloj del taxi marca las 03:17. El avión había sufrido un retraso y bueno… la hora de llegada no había sido las 18:00 exactamente. El avión me había llevado desde Nueva York hasta Madrid en un vuelo sin escalas. Después cogí el primer taxi que pasó y le indiqué al taxista que me llevase a la calle Fuencarral nº22. A pesar de la hora que era, aún muchos coches circulaban por las céntricas calles de Madrid. Eran las 3:41 cuando el taxi llegó a su destino. El conductor sacó mi maleta del maletero con prisa y me dijo un precio que apenas escuché. Le pagué con un billete de 50 y me alejé del coche. Tras dar los primeros pasos en la calle sentí un pequeño mareo, pero el frío aire de la madrugada me calmó un poco. Posiblemente el mareo era debido a las pastillas que me había tomado en el avión para poder conciliar el sueño. Aunque lo más probable era que los nervios me estuvieran atacando el estómago. A tientas, busqué un llavero en el bolsillo derecho de mi chaqueta y lo saqué. Era un llavero antiguo que hacía años que no veía. 5 años para ser exactos. Sólo tenía dos llaves. Con la mano ya helada, cogí una de las dos y abrí la puerta del portal nº 22. La llave encajó perfectamente y empujé la puerta hacia dentro. El portal se hallaba a una temperatura más agradable, pero las manos no dejaban de temblarme. ¡Malditos nervios! En silencio, subí dos pisos por las escaleras, llevando en volandas la maleta que había venido conmigo en el viaje. Cuando llegué al rellano del segundo piso me temblaban hasta las piernas. Me coloqué frente a la puerta del 2ºA. A través de los cristales de mis gafas vi la puerta que tantas veces había recordado durante 5 largos años. Cerré los ojos e inspiré profundamente. Cogí la otra llave que colgaba del llavero y la introduje en la cerradura. Di una vuelta, otra y otra más. La puerta se abrió. La luz del pasillo estaba apagada, pero, soprendentemente la del salón estaba encendida. Dejé la maleta tras la puerta y cerré con cuidado antes de ir al salón. Cuando llegué allí, el temblor de las piernas estuvo a punto de dar paso a un fallo total que me haría caer al suelo. Pero me sobrepuse como pude.

En el techo había una pancarta colgada, en la que alguien había escrito con una dudosa caligrafía: “Bienvenido papá”. Y tumbada en el sofá, dormida, se hallaba una niña de 7 años, rubia, con el pijama puesto, respirando acompasadamente. Se había quedado dormida esperándome. Me acerqué a ella y la cogí en brazos con sumo cuidado para llevarla a su habitación.

– ¿Papá? ¿Eres tú, papá?- preguntó la pequeña, con los ojos entrecerrados y la voz ronca.

– Sí, soy yo cielo. Pero duérmete, ya habrá tiempo mañana para hablar, pequeña.

La pequeña volvió a cerrar los ojos y se abrazó a mi cuello. No pude evitar sonreír sin que se me empañasen los ojos. La llevé a la cama sin encender ninguna luz. Conocía aquella casa de memoria. La posé en la cama y la besé en el pelo.

– Buenas noches, cielo.

– No te vayas, papá.

La miré. Ella me miraba con los ojos abiertos, suplicantes.

– No me voy, cielo. Ya no me voy a ir nunca más. Te lo prometo.

Entonces, ella sonrió y se acomodó en la cama. Era increíble que pudiera acordarse de mídespués de tanto tiempo. La última vez que la vi apenas tenía 2 años y hablaba a regañadientes. Mi pequeña Victoria. Ahora ya era una princesa de 7 años. Y me lo había perdido todo.

Salí de la habitación de mi hija y me paré frente la puerta de otra habitación. Sabía lo que había detrás de aquella puerta. Y sabía que aquella noche no podría enfrentarme a lo que había detrás. Apoyé la cabeza en la puerta e intenté dejar la mente en blancom pero no pude. En mi cabeza, una mujer de 22 años me sonreía y me decía una y otra vez las mismas palabras: “Este siempre será nuestro sitio en el mundo…”

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