Jake observaba a Claire mientras mecía al pequeño bebé entre sus brazos. Sabía que se encontraba muy cansada, a pesar de sus a penas treinta años, pero sus ojos estaban tan llenos de amor y devoción que le permitió mantener a su pequeña entre los brazos. Tras un rato, Jake la relevó en el puesto y acostó al bebé. Zoe era el vivo retrato de su madre. Cada vez que miraba los ojitos de su hija, veía a Claire.
– ¿Escribes un diario?- preguntó Claire, mientras abría el cuaderno de tapa de cuero marrón que Jake había dejado en la mesa.
– Desde hace muchos años, pero es una sorpresa- respondió, sentándose a su lado, sonriéndola mientras la rodeaba con un brazo.
Los dos se miraron con una tenue sonrisa de confianza en sus rostros. Los años habían pasado, era verdad, pero aquello que les mantenía unidos seguía allí. Habían conseguido lo que habían deseado. Todo había merecido la pena.

– Es precioso. Es la mejor sorpresa que me has dado jamás.
Al pie de la cama del hospital, Jake leía las últimas líneas de su diario. Claire se encontraba tumbada en la cama, escuchando con atención cada palabra, con los ojos cerrados, reviviendo cada momento que se fundía en las hojas escritas por Jake. Su aspecto era cansado, pero con aquel brillo en los ojos que a él le recordaba el primer día que la vio, hacía ya más de treinta años.
– Me encanta como hablas del amor… de las sonrisas… de mis ojos…
Jake sonrió y la apretó la mano. Las arrugas y el cansancio envejecían el rostro de ella, pero seguía siendo para él el más hermoso que existía.
– Sólo hablo de aquello que nunca cambiará.
Una lágrima recorrió la mejilla de Claire a la vez que se dibujaba una sonrisa.
– ¿También escribirás esto?
– Por supuesto. Escribo todos los momentos importantes a tu lado.
– Siempre te amaré, mi chico de ojos tristes…
– Siempre te amaré, mi chica de la lluvia…

– Señor, no puede salir ahora del hospital.
– No se preocupe. Mi hija me acompañará un momento fuera.
– Pero, está lloviendo a mares…
Jake salió de la habitación apoyado en su bastón. Su hija Zoe le cogía del brazo izquierdo mientras caminaban por los pasillos en los que un día él había trabajado. Habían pasado ya diecinueve años desde que Claire se había ido. Todo había cambiado y a su vez era igual. Jake siempre la había tenido presente. Había llorado durante días su pérdida, pero la había acompañado siempre. Pero nunca se había sentido débil. Ahora era él el que se encontraba en el hospital, a sus sesentaiseis años. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Pero no tenía miedo, no ahora.
– ¿Dónde quieres ir papá?- dijo una ya crecida Zoe, que contaba con treinta y cuatro años y dos hijos.
Jake no contestó. Se limitó a sonreirla y guiñarle un ojo mientras avanzaban hacia la salida. Zoe había sido su apoyo durante esos quince años. Era un soplo de aire fresco, era su lluvia. Cualquiera hubiera sentido dolor al ver aquellos ojos que tanto recordaban a Claire, pero él no. Él recordaba y sonreía.
Zoe abrió el paraguas. Odiaba la lluvia, como su padre. El suelo estaba encharcado y Jake se empapó el pantalón enseguida, pero no lo tuvo en cuenta. Los don juntos se sentaron en un banco cercano a la estación de autobús.
– Sé que no es mucho lo que puedo darte- dijo Jake a su hija, con una voz ronca pero segura-. Pero quiero que tengas esto.
Del bolsillo interior de su chaqueta sacó un pequeño diario con la tapa de cuero marrón y se lo entregó a su hija.
– Pero esto es…
Jake la cogió de la mano y la miró a los ojos con el cariño de un padre.
– Esto es para ti.
Jake abrió el diario por la última página. En aquella página rezaba una frase escrita por su padre que decía:
“Nuestra historia es el mejor libro que podría escribir”
Y bajo ella, con una letra fina y elegante, había una dedicatoria:
“Gracias por hacerme sentir tan viva. Os amo, Jake y mi pequeña Zoe. Gracias por esta vida tan perfecta. Siempre estaré con vosotros. Claire”.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Zoe. Jake envolvió con sus manos la de ella y ella se abrazó a su padre. Pasaron un largo rato así, hasta que Zoe se apartó, enjugándose las lárgrimas.
– ¿Nos vamos, papá?
– Ve tú. Ahora te alcanzo.
Zoe asintió y le ofreció el paraguas, pero Jake rehusó. Ella lo besó en la mejilla, le sonrió y se marchó hacia el hospital.
Allí había empezado todo. Como ahora. La lluvia caía sobre el pelo cano de Jake. “¿Te gusta la lluvia?”, se dijo. “Odio la lluvia… pero bajo ella te siento aquí… te siento tan… viva… mi chica de la lluvia…”
Jake se quedó mirando al cielo, sentado, dejando que la lluvia cayera sobre él, empapándolo, haciéndole sentir… con ella. Con Claire… Con la chica de la lluvia…

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