El golpe contra el suelo había sido muy fuerte, pero no tanto como podía haberlo sido si no le hubieran apartado a tiempo. Christian estaba tendido en el suelo. El brazo le quemaba. La gente había rodeado la zona y hablaban sin parar, provocándole dolor de cabeza, ¿o se había dado un golpe y por eso le dolía? El ruido ensordecedor de las sirenas llenaba el aire por encima de los murmullos y las conversaciones. Christian se incorporó en el suelo.

– Joder, la cabeza- dijo, tocándose el cráneo. Notó un líquido espeso en el pelo, en la parte de atrás-. Mierda.
Se limpió la sangre en el pantalón y se restregó los ojos con las manos. A causa del golpe su visión se había reducido a figuras borrosas y mal enfocadas. Volvió a pasarse las manos por los ojos, pero no consiguió nada.

– Chico, ¿me oyes?

Ni siquiera se había dado cuenta que un hombre con un chaleco reflectante se había abierto paso entre la gente para llegar hasta él.

– Chico, ¿puedes seguir mi dedo con los ojos?

Christian siguió la mancha borrosa que se asemejaba a un dedo que se movía delante de sus ojos. Dudó si decirle que no podía ver bien, pero lo único que quería era largarse de allí cuanto antes. Tras comprobar sus reflejos, aquel hombre le condujo hacia una ambulancia, atravensando un mar de personas que seguían los acontecimientos allá donde fueran. ” Parecéis cuervos”, pensó, “venís a buscar la carnaza para después contar en casa que lo habéis visto todo en primera fila”. Un escozor en el antebrazo le apartó de sus pensamientos. Retiró el brazo instintivamente y se lo tocó. También estaba sangrando.

– Debes estar quieto- por la voz, supo que era una mujer quien le curaba la herida del brazo.

Mientras le vendaban el brazo, Christian cerró los ojos para no marearse poeque su visión no había mejorado en absoluto. La misma mujer qe le había vendado el antebrazo le dio una pastilla que se tomó sin rechistar y le curó la brecha que se había hecho al caer al suelo. El chico no debía tener muy mala cara, porque la mujer lo dejó solo para ir a atender a otro herido leve. Christian se tocaba la cabeza, buscando la herida y encontró un pequeño bulto blando que se adhería a la brecha.

– No te lo toques. Mañana podrás quitártelo- le dijo la mujer al volver-. Ya no saldrá más sangre, es una herida pequeña, no te preocupes.

Pasó más de media hora realizándole un chequeo exhaustivo, preguntándole si tenía dolores, naúseas o mareos, si sentía los dedos de las manos y de los pies y millones de cosas más. A pesar de que sentía un poco de vértigo, no dijo nada. Sólo quería salir del centro de la noticia del día en aquel lugar. No le gustaba nada sentir las miradas fijas en él y escuchar de lejos los chismorreos de la gente. La mujer que lo trataba le dijo que si se sentía mal en cualquier momento, que fuera directo a urgencias.

– Si lo necesitas, podemos llevarte a casa- dijo la mujer.

Christian dio unos pasos y se metió las manos en los bolsillos, buscando el paquete de tabaco, pero no lo encontró.

– Necesito un cigarro.

– Sí eso es lo único que necesitas, estás en condiciones para irte a casa- rió la mujer.

Christian cogió su mochila, que alguien había recogido y había dejado a su lado en la ambulancia, y se marchó. Los cascos aún colgaban de su cuello y seguían encendidos. Sin colocárselos, podía oír empezar Stairway to Heaven. Volvió a casa caminando lentamente, de memoria, pues su visión seguía siendo defectuosa. Como de costumbre, en su casa no había nadie. Cerró la puerta y los ojos y fue a tientas hacia su habitación. Tiró la mochila a una esquina y se tumbó en la cama. “No se que coño está pasando hoy…”, se dijo, mientras perdía difusamente la consciencia y caía en un sueño restaurador.

Cuando despertó, ya eran más de las cuatro de la tarde. El silencio reinaba en el apartamento. La casa aún estaba vacía. Para su sorpresa, su visión se había reestablecido casi por completo y podía ver perfectamente. Escuchó el sonido de las gotas de agua que se estrellaban contra la ventana de la habitación. Se levantó y echó un vistazo fuera. Un hombre caminaba deprisa bajo la lluvia, sin paraguas. Sobre su cabeza, como si de unas pequeñas luces de neón se tratase, lucía un número, que cambiaba por segundos.

1.297.900.756… 1.297.900.755… 1.297.900.754…

Christian se frotó los ojos con las manos y volvió a mirar.

– ¿Pero qué…?

“…And the voices of those who stand looking…”

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