– ¡Fuera de mi clase, Stevens!

Christian Stevens cogió su mochila y se largó de la clase dando un portazo. “Maldito soplapollas de Claxton”, se dijo, mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo y se encaminaba a la salida del edificio.

– Claxton te ha vuelto a echar, ¿verdad Christian?

– No tengo el día para que me toquen las narices, así que ni lo intente.

El que había hablado era Edward Daniels. Era profesor de filosofía en el instituto, pero era el único profesor al que se atrevería a hablar así. Daniels era un profesor joven y ofrecía a los alumnos lo que querían: cercanía y confianza. Siempre había intentado llevar a Christian por el buen camino. De hecho, llevaba más de dos años detrás de él, intentando reconducirle.

– Puedes quedarte en mi despacho si quieres hablar- ofreció el profesor Daniels-. No me importa que despotriques contra Claxton, no le tengo demasiado aprecio.

– Claro, me encantaría quedarme pero, ¿sabe? es que tengo un asunto muy urgente que atender- respondió, intentando sonar lo más sarcástico posible.

Salió del edificio dejando atrás al profesor Daniels. Estaba más que harto del instituto. Sobre todo de Claxton. Las últimas semanas se había dedicado a dejarle en ridículo delante de toda la clase. Que hubiera repetido el último curso no le daba ningún derecho a cachondearse de nadie. Aquel día le había dicho a la cara que su asignatura le importaba una mierda después de que Claxton comentase hacia la clase que “el señor Stevens jamás podría aprobar historia si su cerebro se había quedado anclado en el pleistoceno”.

– Maldito Claxton- dijo, en voz alta, mientras se encendía el cigarrillo-. Ya puede meterse su jodida clase de historia por donde le quepa.

Se colocó los cascos y continuo andando hacia casa. En el reproductor de MP3 sonaba In the end, de Linkin Park. Saboreó la primera calada del cigarro y soltó en aire en una larga espiración. “Un par de cursos más”, pensaba, mientra caminaba por la acera; “Y después… ya veremos. Sólo un par de cursos y me largo de aquí”. Las calles de Londres se encontraban abarrotadas a esa hora de la tarde, llenas de madres que llevaban a sus hijos a casa después del colegio y de trabajadores de traje y corbata que hacían un descanso de su oficina y se dirigían a algún buffet libre a comer. Christian subió el volumen y cerró los ojos durante un momento para olvidarse del gentío mientras soltaba una bocanada de humo gris blanquecino. Entonces, por encima de la música, pudo escuchar un ruido ensordecedor. Cuando abrió los ojos vio que la gente se había apartado y que un coche se dirigía a gran velocidad hacia él. Entonces, todo se detuvo.

Sentía la garganta seca. Se había quedado sin voz, sin poder parpadear, con los ojos fijos en el vehículo. No escuchaba la música de sus cascos. Quería moverse, pero su cuerpo no le obedecía. Entonces, una figura se acercó a él y puso una mano sobre su hombro.

– ¿Quieres vivir?

– …Sí…

Un empujón lo apartó de la trayectoria. El coche se estrelló contra una farola entre los gritos de la gente que ahora se acercaba para observar la escena. Christian sólo podía escuchar la música de sus cascos mientras una decena de personas se arremolinaban en torno a él.

In the end, it doesn’t even matters…

Anuncios