En el hospital, el invierno significaba ajetreo. Las urgencias no daban a basto y habían mandado muchos médicos y enfermeros a cubrir las exigencias del servicio. Por todos lados se podía encontrar a gente con gripe en estado leve o avanzado que no esperaba para ir a su médico de cabecera, intoxicados por el marisco de las navidades e incluso a niños que se habían atragantado con una diminuta pieza del último juguete que le habían regalado. Por supuesto, a Jake le habían mandado cubrir un puesto de enfermero en las urgencias, como a la mayoría de novatos del hospital. Por suerte, su turno ya había terminado y se disponía a salir. Hacía ya dos semanas que se encontraba más distraído de lo habitual, que el trabajo le pesaba el doble y se encontraba apático, apenas intercambiaba alguna palabra con el resto de compañeros y lo único que hacía en todo el día era ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Buscando. Buscándola.

Hacía ya dos semanas que la había visto y desde entonces, era lo único que ocupaba su cabeza. También hacía dos semanas que no la veía. La buscaba con la mirada por el hospital, por la parada del autobús al salir del trabajo, buscando aquellos ojos tan hermosos. Pero nunca la encontraba. “Quizás sólo viniera de visita”, se decía, “o a una simple consulta rutinaria”. Pero nunca dejaba de buscarla.

Volvía a llover. Aquellas navidades habían sido pasadas por agua y no había parado de llover hasta aquel día, ya bien entrado el nuevo año. Salió del recinto y abrió el paraguas. Algunas personas corrían para meterse dentro de los taxis mientras él se dirigía como cada noche a la parada del autobús. Miró su reloj. Hoy se había hecho un poco tarde. Eran ya más de las 10 de la noche y a esa hora ya debería estar en casa. Mientras observaba las manecillas del reloj, varias gotas se resbalaron del paraguas y cayeron en la lente. Al intentar limpiar el reloj, el paraguas se le escapó de las manos. Al agacharse para recogerlo, otra mano se cruzó en su camino.

Y allí estaba. Con sus profundos ojos clavados en él y sus húmedos dedos rozando los suyos. Recogió torpemente el paraguas y se levantó.

– Hola- dijo ella-. ¿Vas a la parada del autobús? ¿Te importa que te acompañe?

Tras unos interminables instantes de duda, se obligó a pronunciar alguna palabra.

– S-Sí… Vale…

“Menudo imbécil estás hecho, ¿es lo único que sabes decir?”, se reprendió en su fuero interno. Mientras caminaban, no podía evitar mirarla para percibir aquel brillo en sus ojos que lo tenía atrapado. Y, siempre que la miraba, ella parecía presentirlo y dirigía su mirada hacia él, sonriendo. Se dio cuenta de que llevaba el paraguas cerrado en la mano, pero no sentía la lluvia. “Debo parecer estúpido, con la que está cayendo”, se dijo. Entonces, observó que aquella chica tampoco llevaba paraguas. La lluvia caía sobre su cabello y resbalaba por su piel cruzando sus pómulos hasta llegar a su barbilla.

– ¿Quieres que abra el paraguas? – se atrevió a decir, al fin.

– No, gracias- contestó ella, con una sonrisa-. Me encanta la lluvia.

Él lo sabía. Recordaba cada palabra que le había dicho dos semanas atrás. No podía dejar de mirarla. Cada vez que posaba sus ojos en los de ella, sentía algo, aunque no sabía identificarlo. Deseaba poder quedarse mirando durante toda la eternidad, deseaba acariciar su piel sin desviar su mirada, volver a sentir el roce de sus dedos mientras seguía atrapado en aquellos ojos.

– Tienes unos ojos preciosos, ¿lo sabías?

Al principio, creyó que las palabras habían escapado de su boca sin querer, pero más tarde se dio cuenta de que había sido ella quien lo había dicho. “Que irónico”, pensó, “que ella diga lo que más ansío confesarla”. Se sintió avergonzado. Nadie jamás le había dicho eso, sus ojos eran normales, de un color marrón de lo más común y ella, sin embargo, le había dicho que los tenía preciosos. No supo que decir y se quedó en silencio, luchando por no volver la cara hacia ella por la vergüenza que sentía. De pronto, sonó un trueno.

– Vaya día. Estoy harto de este tiempo y de la lluvia.

Lo había dicho sin pensar que nadie le escuchase, había olvidado por completo que ella estaba allí. Cuando dirigió sus ojos hacia ella, se encontraba mirando hacia el cielo, con los ojos cerrados.

– No lo creo…- dijo ella-. La lluvia es genial… Me hace sentir tan… viva…

Cuando bajó la mirada, posó sus ojos en Jake, que se olvidó de todo y se abandonó a ella, a observarla sin reparar en nada más. Poco después, ella se marchó para coger el autobús y él se despidió con un tímido “Adiós…”. Ya sabía qué era lo que sentía cuando la miraba. Cuando miraba aquellos ojos profundos y llenos de belleza. Se sentía tan… vivo… Aquel día dejó pasar un autobús para sentir la lluvia cayendo sobre su cuerpo. Sólo para recordarla. Sólo para sentir como su cuerpo se calentaba por dentro con su recuerdo. Sólo para sentirse lleno, para sentirse vivo. Y ni siquiera sabía su nombre. El nombre de la chica de la lluvia…

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