El día había sido agotador. Se había pasado el turno de tarde corriendo por los pasillos del hospital, ayudando a los doctores, mientras controlaba las dosis de los medicamentos de los pacientes que tenía a cargo. Ser enfermero no era una profesión tranquila cuando el recinto está lleno de pacientes y la mitad de los compañeros se encontraban de vacaciones de Navidad. Además, al ser el novato del hospital, nunca descansaba, siempre tenían algún trabajo para él.
Ya eran más de las 10 de la noche cuando se marchó, tras colocar el suero en la vía a un paciente llamado Josh, que acababa de despertar de un coma. Debería haber salido hora y media antes, pero aquel chico se había despertado de pronto y el Dr. Stevens le había pedido que se mantuviera al tanto de cualquier cambio durante unas horas. Después de cambiarse, se marchó del hospital. La recepción del enorme edificio estaba abarrotada de personas empapadas, abriendo o cerrando sus paraguas. Ahí fuera debía estar cayendo una buena tormenta, y él, sin coche y sin paraguas. Se abrochó la chaqueta y salió fuera del recinto.
La lluvia comenzó a mojarle el pelo y a deslizarse por su frente y sus mejillas. Frente al hospital, una hilera continua de taxis esperaba a la gente que volvía a sus casas, pero dadas las circunstancias, volver a casa en taxi no entraba dentro de sus posibilidades.
Mientras se dirigía a la parada del autobús, el agua de la lluvia calaba su ropa, sus zapatos se encharcaban y el pelo le caía encima de la cara. Odiaba la lluvia. “Que asco de día”, se dijo a sí mismo. Al acercarse a la parada del autobús, observó un grupo de gente que se apiñaba bajo el techo para protegerse de la lluvia y maldijo su suerte, tendría que esperar empapado bajo ese cielo negro en el que no paraba de diluviar. Dio una patada al suelo con rabia y se dirigió a un banco a unos metros de la parada del autobús. Entonces, la vio.
Sus ojos eran preciosos. Era lo único que podía apreciar con total claridad. Fue acercándose más al banco sin apartar la mirada de aquella chica y se sentó. Había perdido la consciencia de tal modo, que cuando ella le miró, ni siquiera fue capaz de reaccionar.
– ¿Te pasa algo?- preguntó ella, con gesto preocupado-.
– Eh… N-No… No.
De repente, sus mejillas empezaron a calentarse hasta empezar a quemarle y apartó bruscamente la mirada.
– ¿Seguro que no te sucede nada? No tienes buena cara.
Él quiso responder, pero de su boca sólo salió un balbuceo incomprensible. “Estúpido”, se dijo, con la vista clavada en el encharcado suelo. Pero no pudo evitar mirarla de nuevo. Cuando volvió su mirada hacia ella, ella estaba mirándole con aquellos ojos de un color azul grisáceo, tan brillantes, tan atractivos que no podía quitar la mirada de ellos. No sentía la lluvia encima, aunque oía como caían las gotas en el suelo. Ella no dejaba de observarle desde aquellos preciosos ojos.
– Me encanta la lluvia- dijo ella-. ¿A ti no?
Tras unos segundos, fue consciente de que le estaba hablando a él, pero no fue capaz de contestar nada coherente, sólo un: “eh.. b-bueno…” Cada vez que sus miradas volvían a encontrarse, sentía calor. Calor en las manos, en las orejas, en las mejillas, en la boca, en los labios… Deseaba acercarse a ella… Mientras ella le sonreía.
– ¿Seguro que te encuentras bien?- insistió ella, al notar excesivamente extraño al chico-. Es mi autobús y… tengo que irme…
Al levantarse, sus dedos se rozaron, pero él no apartó la mirada. Ella le sonrió y el sólo alcanzó a decir: “G-Gracias…”

Cuando el autobús se alejaba por la carretera, ella le dedicó una fugaz sonrisa desde uno de los asientos. Él volvió a sentir la lluvia sobre su cabeza. Se preguntó si la chica tenía un paraguas, pero no fue capaz de recordarlo, sólo podía recordar su voz y sus ojos… de hecho no podía apartarlos de su mente y pensar: “Eres el tío más gilipollas de este jodido planeta”

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