Vacía. Un armazón vacío. Sin él, la casa estaba vacía. Como ella.

Hacia dos días que él no estaba. Emma entró a la casa, sola, con la mente llena de recuerdos. Demasiados recuerdos, como aquella casa. Una casa con tantos recuerdos que era doloroso estar allí. Pero lo necesitaba. Ella recorrió la estancia, fría y oscura y se paró ante una foto de los dos. Hacía mucho tiempo de aquella foto. Eran jóvenes y jamás se habrían imaginado todo esto. Cuando Josh se enteró de su enfermedad se volvió distante. Nada volvió a ser igual. Emma sabía que Josh la amaba con locura, que jamás se alejaría de ella. Por eso ella siempre había estado allí. Ni siquiera se rindió cuando Josh se enfadaba. Ni siquiera se rindió cuando Josh le daba la espalda al acostarse. Ella sabía que él lo amaba. Y sufría por él.

Continuó recorriendo el salón, hasta llegar a la ventana. Una amplia ventana que daba a un patio trasero. Cuantas veces habían salido a besarse bajo la lluvia allí mismo… Sin drse cuenta, su mirada se nubló de lágrimas y algunas de ellas cruzaron su rostro. Llovía en sus ojos. Tantos recuerdos…

Entonces recordó aquella tarde. También llovía. Tras llevar dos semanas saliendo juntos, Josh la acompañaba de la mano por la calle. Él la acompañó a casa desde el trabajo porque llovía. Entonces sucedió. Él le dijo que la amaba, que siempre estarñia allí con ella. Nunca un chico le había dicho nada igual, tan sincero. Y ella lloró, lloró de felicidad. Llovía en sus ojos, en presente y en pasado. Sin darse cuenta, había esbozado una sonrisa. Entonces Emma se sintió bien. Una calidez y un bienestar la acunó durante un momento. De repente sintió un latido muy fuerte en su pecho. “Siempre estás aquí” se dijo para sí misma, llevándose una mano al pecho. Los días se volvieron algo más llevaderos tras ese momento.

Todos los días iba a verle. De 6 a 13 y de 14 a 22. Daba igual lo mal que durmiera por las noches. No quería que estuviera solo en el momento de su vuelta. Quería que supiese que ella estaba allí.

Quien iba a imaginar, que él estuviera tan cerca como para saberlo todo. Quien iba a imaginar, que cuando él despertó, ella no se sorprendiera, si no que sonriera y echase a llorar de felicidad como aquella vez. Él sonrió como pudo. Emma dibujó en su cara la más hermosa de las sonrisas. Cogió su mano. Su piel algo fría se volvió suave al tacto y cálida. Sintió otra vez aquel fuerte latido.

“Siempre estaré aquí”. Sabía que su promesa sería cumplida.

Emma.

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