– ¿Cuánto tiempo llevas aquí?- preguntó Josh-.

Frank no respondió y siguió caminando junto a él por aquel paseo de adoquines blancos. Josh se dio cuenta de lo estúpido de su pregunta. Ni siquiera él era capaz de calcular cuanto tiempo llevaba allí, como iba a saberlo Frank. Su curiosidad a veces le llevaba a pensar en como había muerto él, pero nunca se lo había preguntado, pensaba que podría hacerle sentir incómodo. Frank era la única persona que tenía y no podía arriesgarse a perderlo por preguntar aquello.

– ¿Cómo fuiste capaz de encontrarme?

Esa duda siempre había invadido su mente. Después de haber visto a Emma, Frank le explicó que los sentimientos hacia algunas personas hacía que pudieran escuchar sus pensamientos. Pero, ¿cómo podía oír Frank los suyos? Aguardó paciente la respuesta mientras continuaban caminando.

– Deseabas ayuda- comenzó a decir Frank, con su elegante seriedad-. Yo escuché tus pensamientos y tu deseo era sincero, por eso logré encontrarte.

– Pero…- sentía que interrogarle era una falta de respeto. Frank le miró y sonrió, asintiendo-. ¿Cómo podías escucharme? Ni siquiera nos conocíamos, ¿como podíamos tener esa afinidad?

Frank miró hacia delante, a la espesa nada. Esbozó una media sonrisa y se dirigió a Frank.

– Llevo aquí mucho tiempo, más del que puedes imaginar- dijo-. Mi afinidad con todas las personas que llegan aquí es completa. Yo las escucho y las ayudo. Por eso escuché tu deseo.

– Pe.. pero entonces… t-tú- Josh estaba perplejo-. eres… ¿ÉL?

– ¿ÉL?- Frank sonrió, mostrando una dentadura asombrosamente blanca-. Cuantas veces… Puedes llamarme como quieras, pero Frank es el único nombre que tengo.

– Pero tú eres… Dios…

– Puedes considerarlo así, si tú quieres- dijo Frank, volviendo a su aspecto serio y fino-.

– Entonces, tu eres capaz de conceder los deseos, bueno, los deseos sinceros de todas las personas de la Tierra- Frank estaba asombrado-.

– Creo que no prestas atención a lo que te digo- respondió, sin cambiar su tono de voz-. Tú eres el dueño de ti mismo. Yo sólo escucho a las personas que llegan aquí. En el Mundo las personas no tienen contacto conmigo, ninguna persona, por eso mi afinidad con ellos sólo se desarrolla aquí.

– Pero yo…- Josh pensó en la sonrisa de Emma, la que él había deseado-.

– Sí, tú tienes esa afinidad- le explicó-. Tú eres capaz de desarrollar los deseos más puros, y de compartir los latidos de una persona. Eres capaz de intervenir en esas personas.

Josh se quedó perplejo. “Tú eres el dueño de ti mismo”. Había podido sentir aquel latido. Había deseado sinceramente que sonriera, y ella había sonreído. Giró la cabeza hacia Frank, que lo miraba, y le escuchó:

– Ahora dime quién es más Dios. Tú o yo.

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