Un golpe en el pecho. Otro más. Emma.

 

Algo era distinto esta vez. No podía abrir los ojos o se encontraba en la oscuridad más absoluta. Deseaba poder ver, que se hiciera la luz. Frank. Emma. ¿Dónde estaba?  Los latidos habían cesado. Emma. No había luz. Necesitaba ayuda, la deseaba. Frank. No podía abrir los ojos y la angustia se apoderaba de él. Esto no podía ser el cielo. La angustia crecía hasta convertirse en miedo. Pero recordó: “tú eres el dueño de ti mismo”. No debía tener miedo allí, sólo él podía hacerse daño. Ahora lo entiendo todo, se repetía una y otra vez. Repetía los nombres en su cabeza. Frank. Emma. Deseaba encontrarlos. Pensaba que no podía quedar sumido en la oscuridad ahora, no ahora que había comprendido tantas cosas.

– Y no lo harás- la voz de Frank resonó en su mente, pero la luz no se hizo-. No quedarás sumido en la oscuridad, no ahora.

 

 

 

Un golpe en el pecho. Otro más.

 

Los latidos eran continuos e ininterrumpidos. Los sentía suyos, fuertes, verdaderos. Sentía la respiración de los pulmones acordes a los latidos del corazón.

Abrió los ojos. Su mirada captaba el color blanco, borroso y denso. Le dolían todos los huesos del cuerpo. Lo último que recordaba era un pinchazo en el corazón y frío, frío por todo el cuerpo. Sus oídos estaban entaponados. Bajó la mirada del techo para ver como una figura corría a agarrarle la mano. Emma… Sonrió. En su mano, sentía el tacto de la de Emma y algo más. Un golpeteo que se correspondía con sus propias pulsaciones. Las lágrimas desbordaban los ojos de Emma, lleno de felicidad. Deseaba que sonriera. Entonces, Josh sonrió débil e inconscientemente y la misma sonrisa se dibujó en la cara de ella. Deseaba que fueran felices, deseaba vivir con ella siendo uno. Y ella le correspondía.

 

Ahora lo entendía todo…

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