Estaba muerto y era consciente de ello.

Lo último que Josh recordaba era un pinchazo en el corazón y frío, frío por todo el cuerpo. Pero ya no sentía frío. Ni dolor. Abrió los ojos. Estaba seguro de que estaba muerto, pero en nada se asemejaba esto a las ideas que tenía sobre la muerte. Hacía semanas que sus músculos habían dejado de funcionar correctamente aun siendo joven, pero ahora los sentía vivos y fuertes. Miró alrededor. Todavía no sabía donde estaba. Aquello no era el hospital aunque todo era blanco, como una niebla interminable y extremadamente densa. ¿Era aquello el cielo? se preguntó. Entonces deseo que hubiera alguien que le ayudara para saber donde se encontraba. Entonces una voz inundó el lugar.

– ¿Me buscabas?

Josh miró en todas las direcciones, suspendido sobre aquella niebla y deseó poder localizar aquella voz. De repente, giró sobre sí mismo y encontró el lugar de donde provenía. Era un hombre adulto, más o menos de su edad y caminaba hacia él. Se dirigía con un paso tranquilo y suave y, bajo sus pies, la densa niebla se solidificaba hasta formar un camino de adoquines blanquecinos.

– ¿Quién eres?- preguntó Josh-.

– Digamos que estoy aquí para ayudarte, para eso me has llamado.

-¿Eres mi conciencia?- Josh estaba aturdido-.

El hombre no dijo nada, pero Josh estaba seguro de que no era su conciencia. Lo contempló más detenidamente. Iba vestido con unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca. Entonces se dio cuenta de que iba totalmente desnudo y deseó estar vestido. Al instante, unas prendas cubrieron su cuerpo. Josh se preguntó si todo lo que deseaba podría cumplirse allí.

– Todo lo que desees de forma sincera es tuyo- dijo aquel hombre-.

– ¿Esto es…-balbuceó- el cielo?

– Puedes llamarlo como quieras- sonrió-.

Josh fue armándose de valor y preguntando cada vez más. Deseo poder sentarse, sentir una suave brisa, deseo tener un lugar a donde ir. Y así, todos sus deseos fueron concedidos. De la niebla apareció una casa con un porche donde sentarse a descansar a disfrutar de la brisa. Aquel hombre resolvía todas sus preguntas. Se llamaba Frank y acudió a ayudarle cuando él lo había deseado. Cuando llevabas allí un tiempo, aprendías a escuchar los deseos más sinceros del resto de las personas. Frank le explicó que él también había llegado allí al morir y que llevaba mucho tiempo. Pasaron horas, quizás días mientras hablaba con Frank, allí el tiempo y el cansancio no existían. Pero él ahora deseaba saber la respuesta a una pregunta importante.

– Frank, ¿existe Dios?

– ¿Dios?- Frank se quedó pensativo, pero volvió a su dulce seriedad-. Cuando todo lo que deseas se te concede porque TÚ y sólo TÚ lo deseas, te das cuenta de que tú eres el dueño de ti mismo y la existencia de Dios pierde todo su sentido.

Ahora lo entendía. Todo lo que deseaba estaba en él y únicamente él podía hacer que se cumpliera. Un sentimiento extraño le llenó. Se sentía feliz por haberlo descubierto pero… había tenido que morir para darse cuenta…

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