Sudaba. Las manos le temblaban con un temblor que se extendía al resto del cuerpo. Intentaba aclarar su mente, pero pensar era difícil en esa situación. El rostro que tenía enfrente permanecía fijo en él, observándole, posando aquellos ojos sobre los suyos. Debía elegir rápido. La estancia estaba oscura, pero podía apreciar aquellas manos huesudas y pálidas cerradas en dos puños. Cada una contenía un frasquito diminuto. Subió la cabeza. Aquella figura seguía observándole. Le daba miedo mirarle porque cada vez que lo hacía aquellos ojos se fijaban en los suyos. Y sus manos. Una contenía el antídoto que le salvaría del veneno que llevaba dentro y la otra… La otra simplemente le suministraría más para morir más rápido. Intentaba pensar, pero era imposible. Tenía que decidir rápido. Le ardían las manos y los brazos, el veneno estaba haciendo efecto. Tenía que decidirse. Alzó la cabeza y volvió a verle. Sus ojos se encontraron de nuevo, los dos sonrieron friamente. La decisión estaba tomada. Aquel hombre frente a él abrió una mano mientras asentía sin decir nada, ofreciéndole uno de los frascos. Bajó la mirada. Cogió el frasquito y bebió su contenido sin contemplaciones. Subió la mirada para volver a observar a ese sujeto. Los temblores cesaron. El hombre que tenía enfrente sonrió. Entonces, como si supiera lo que iba a suceder, cerró los ojos. Los músculos se le tensaron durante un segundo y un instante despues se desplomó en el suelo.

¿Por qué no beber del veneno? Pensó en su último aliento. ¿Quién iba a echar de menos a un hombre que lo había perdido todo?

En el baño, el espejo ya no devolvía su reflejo…

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