Me acaricié las sienes con los ojos cerrados para relajarme. Dejé el bolígrafo sobre el folio, garabateado y tachado mil veces. Siempre era igual. Siempre las mismas ideas en la mente, ninguna productiva. No hay nada más triste que un escritor sin nada que escribir. Sólo queda un folio vacío. Durante días, me di cuenta de que las palabras no llenan de verdad los folios. Primero hay que llenar las palabras de sentido, dar forma a la masa vacía de las letras y llenarlas de la esencia del que escribe. Las palabras vacías son eso, artefactos huecos que ocupan sitio, no lo llenan.
Me levanté de la silla y caminé por casa, con las manos metidas en los bolsillos, hasta pararme enfrente de la ventana. Siempre era de noche. Muchas veces hacer aquello había sido suficiente para ponerme a escribir, pero no ahora. Hacía tanto que no LA veía… Desde entonces no había amanecido. Recordaba haber dormido durante horas, a veces durante días, y siempre que despertaba era de noche. Una noche perpetua, pero no larga. Simplemente perpetua. Y, a pesar de ello, no era capaz de escribir nada. Cada vez que cogía el bolígrafo, me atormentaban unos tremendos dolores de cabeza. El dolor y el cansancio que provocaban era tal, que tenía que tumbarme a oscuras, al abrigo de la luz más tenue, en la completa oscuridad. Sólo podía escribir cuando ÉL venía.
Cuando Él se encontraba aquí, los dolores no aparecían. Podía escribir todo lo quisiera, aunque eran textos llenos de vanas palabras, absurdos y carentes de sentimiento y emoción. ÉL se sentaba en una de las sillas de madera y me dejaba escribir. Era un hombre alto, de mediana edad, porte regio, delgado y con una barba que daba a su rostro una sensación de serena sabiduría. Casi nunca hablaba conmigo. Llegaba, se sentaba y me dejaba escribir a mi antojo. Nunca se había interesado por lo que escribía. Su rostro no tenía la más mínima muestra de sentimiento, pero no era frío. Era un rostro de serenidad y paciencia. Pero sus visitas no duraban mucho. La última vez que vino, sólo pude garabatear un folio. Después se levantaba y se marchaba, sin más. Y, entonces, los dolores de cabeza volvían a aparecer.
Un día me desperté con el sonido de alguien golpeando la puerta débilmente. Hacía mucho que nadie llamaba. Cuando ÉL venía, abría la puerta y se dirigía al salón para sentarse. Áquello sólo podía significar una cosa. Me levanté de la cama, descalzo, y me dirigí a abrir la puerta, mientras sentía los crujidos del parqué bajo mis pies. Los golpes cesaron. Abrí la puerta. Y allí estaba ELLA. No hizo falta que la invitase a pasar, ella entró en la estancia, casi flotando. Sus pies descalzos no despertaban ni el más leve ruido al caminar. Yo cerré la puerta y la seguí.
- Hacía mucho que no venías por aquí- le dije-.
Ella se limitó a caminar por la habitación, rozando la silla con sus delicados dedos. Se volvió hacia mí para mirarme y sonrió sin decir nada. Observé que nada había cambiado en ella. Su piel delicada, de color canela; sus ojos grises y brillantes, sus elegantes y finos gestos… Hacía tanto que no LA veía… que casi había perdido su recuerdo. Se paseó por la habitación durante un par de minutos, dejando que su vaporoso vestido se alzase unos milímetros del suelo en cada giro, asemejándose a las olas del mar. Su aroma embriagador ocupaba el aire y despertaba mis sentidos.
- Siempre me ha encantado este cuadro- dijo ella, con una voz suave como la seda.
- Lo sé. La última vez que escribí algo que mereció la pena fue cuando me comenzaste a hablar sobre ese cuadro.
Recordaba como fue todo aquello. En una de aquellas perpetuas noches llegó ELLA. ÉL llevaba mucho tiempo ya en casa, observando, como de costumbre, sin apenas decir nada. ELLA comenzó a moverse por la habitación, como si bailase sobre sus pies descalzos, mientras me narraba las sensaciones que le transmitía aquel cuadro. Mi mano se disparó a escribir entonces. La fluidez de la tinta y el ritmo de la escritura se comprenetraban en una unión armoniosa con su voz y sus gráciles movimientos. De vez en cuando paraba de escribir para observarla. Ella bailaba y hablaba para mí, y yo sabía cuales eran sus palabras, cual sería su siguiente paso. Aquel día me sentía un artesano que daba vida a cada una de sus creaciones. Sentía como las palabras se llenaban de significado y como las frases cobraban vida, cargadas de emoción y sentimiento. Aquel día, cuando ELLA se marchó, vi el sol emergiendo del lejano horizonte, escondiendo tras de sí la noche infinita.
- ¿Bailarás hoy para mí?- pregunté, situándome cerca de ella.
- Sabes que sólo puedo hacerlo cuando ÉL está aquí.
Lo sabía. ELLA me dedicó una sonrisa agridulce, mientras se paseaba por la estancia. Yo sabía que ÉL no vendría. Hacía ya que se había ido y no habá vuelto a aparecer por allí. Me senté en la silla, pero pronto aparecieron aquellos fuertes dolores de cabeza. Me llevé las manos a la sien y volví a levantarme. ELLA caminaba despacio, dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Se marchaba. Su marcha era más dolorosa aún que la de ÉL. ELLA venía tan poco… No sabía cuando volvería a verla…
- ¿Volverás pronto…?
ELLA no respodió. Cruzó el umbral de la puerta, dejando tras de sí su aroma y su recuerdo. Sólo pude pronunciar una breve despedida y pronunciar su nombre.
- Te estaré esperando… INSPIRACIÓN…
Volví al salón. Su recuerdo ocupó la estancia. Me senté en la silla, frente al escritorio y cogí el bolígrafo. Los dolores comenzaron a ceder. Miré hacia atrás y vi lo que había imaginado. ÉL había vuelto y se hayaba sentado, mirándome con un atisbo de sonrisa. Le sonreí y respiré profundamente. Le dediqué un saludo de bienvenida.
- Bienvenido… TIEMPO…
Él inclino la cabeza en un gesto de saludo. El aroma de INSPIRACIÓN se respiraba en el pequeño salón. Comencé a escribir. Esta vez ella no había bailado para mí. No me había narrado nada. Pero sentía como las palabras estaban llenas. Sentía como de la tinta surgían las frases moldeadas, con vida. Las palabras no ocupaban sitio en el folio. Lo llenaban. Y volví a sentirlo. Sabía que volvería a ver el amanecer de nuevo.
No hay nada más feliz que un escritor con inspiración y tiempo dispuesto a escribir.
“La mente es un salón vacío sin la inspiración”
INSPIRACIÓN Y TIEMPO
ÉL Y ELLA